Soundtrack

As salió dos horas más tarde de su habitación. Vestía una gabardina simple color terracota, que la hacía ver imponente. Entró a el edificio donde ya empezaba a armarse el alboroto. En el centro de la habitación un cuerpo mallugado estaba atado a una silla oxidada, tenía cubierta la cabeza y mostraba un pecho velludo y moreteado al desnudo. Temblaba, transpiraba miedo.

As dio un paso seco, frío, calculador,  para colocarse justamente enfrente del prisionero. En un movimiento rápido y elegante introdujo su mano en la gabardina. Sacó un objeto brillante y pesado. En sus manos, casi de forma erótica, sonaba el contacto del metal helado del arma automática contra la suavidad de su piel.

Levantó el arma entre sus manos, justo a la altura de los ojos del individuo, destrabó el seguro y colocó el dedo índice de su mano derecha muy justo en el gatillo. Todo el ritual hizo que el sujeto en la silla diera un respingo y soltara un gritillo agudo.

– ¿Estas Listo? – Soltó tan seria como quien pregunta en un supermercado si deseas bolsa para tus compras, Emilio fue a abrir la boca, pero se lo pensó mejor.

– !PUM, PUM!… jajaja – Reventó As en estruendosas carcajadas

Todos los presentes en la habitación estaban pálidos, serios, consternados. As parecía ser la única que disfrutaba con el asunto. Había momentos en los que As recordaba su pasado y pensaba que quizá alguien tenía la culpa de que ella se hubiese convertido en lo que hoy era, había los días cuando pensaba seriamente en cambiar, en abandonar esa vida cruel y oscura que llevaba,  para dedicarse quizá a cosas tan absurdas quizá como la protección del medio ambiente.  Hoy no era uno de esos días. Hoy amaba lo que hacía, el tacto del metal en sus manos, el calor sofocante de aquella habitación, el olor a miedo y poder que se respiraba en el ambiente, la hacían vibrar en cada fibra de su ser, la hacían sentir lo que ningún hombre la había hecho sentir.  Algo desvió su mente y la llevó de vuelta a lo que ocurría en la habitación.

– Se, ssse, sé lo que busca, lo tienen escondido en Pandora – soltó en un susurro el cuerpo aprisionado, casi de forma imperceptible, pero lo suficientemente para que As escuchara.

En aquel cuarto se escuchó un solo estallido,  después,  todo fue silencio.

Miranda era un hombre desatendido, vestía unos pantalos de mezclilla sucios, deslavados y una vieja playera, que en algún tiempo fue blanca. Abrió los ojos al escuchar el repiqueteo del teléfono móvil en la mesa de noche, tomó el pequeño artefacto con una mano y presionó aceptar,   lo colocó cerca de su oreja.

– Miranda – Aventó secamente, sin denotar emoción alguna.

– As Lo sabe, va tras él – dijo la voz que llamaba.

Luis Humberto Cruz Contreras